— Es más complicado que eso.
No, pensó Camille. Era precisamente eso: brutalmente simple. En esta familia, todo siempre se había sacrificado a tres cosas: las apariencias, el control y la jerarquía. Lo había visto cuando Elena fracasó en la universidad y siempre encontraban a alguien a quien culpar. Lo había visto cuando ella, a los 26 años, invirtió sus ahorros para salvar una filial del grupo familiar sin recibir jamás un agradecimiento. Lo había visto cada Navidad, cada cumpleaños, cada cena donde sus éxitos eran recibidos con una sonrisa forzada antes de que le recordaran que debía «mantenerse leal».
—Aún tienes que pensar en la casa —continuó su madre, acercándose a la cama—. Sería absurdo destruirlo todo por posesiones materiales.
Camille la miró fijamente durante un largo rato.
— No es una posesión material. Es lo único que he construido sin ti.
El rostro de Agnes apenas se tensó.
Elena se va a casar. Necesita estabilidad. Sabes perfectamente que Julien no tiene tu nivel de ingresos. Regalarle esta casa sería un gesto maravilloso para ella y le devolvería cierto equilibrio.
Equilibrio. Camille había escuchado esa palabra toda su vida. Significaba: compensar lo que le falta a Elena. Renunciar para que nadie se sienta menospreciado. Ser grandioso, por lo tanto, guardar silencio.
—Podrías haberle ofrecido un apartamento —dijo—. Alquilarle un lugar para el verano. Ayudarle de alguna otra manera. Pero no. Tenías que quitarme lo que más amo.
— Estás exagerando.
— No. Por una vez, estoy viendo las cosas como son.
Su madre frunció los labios, como si estuviera descubriendo una rareza embarazosa en su propia hija.
— Si persistes, te aislarás de todos nosotros.
Camille sostuvo su mirada.
— Entonces, tal vez ya se haya hecho hace mucho tiempo.
Agnès permaneció en silencio durante un segundo, luego se ajustó la manga del traje con esa calma quirúrgica que siempre había precedido a sus más refinadas crueldades.
— Piensa en tu reputación. En tu futuro. Una mujer soltera, por muy brillante que sea, pierde mucho rápidamente cuando se enemista con su propia familia.
Camille comprendió de repente que su madre nunca la había visto realmente como una hija, sino más bien como un recurso valioso y sofisticado, al que podía recurrir cuando fuera necesario.
—Esa es la primera frase sincera que me has dicho —murmuró ella.
Agnès se marchó sin responder.