PARTE 2
Mi matrimonio terminó después de cinco años. Sin hijos. Sin bienes a mi nombre. Ni siquiera una sola palabra pidiéndome que me quedara.
La casa que alguna vez intenté llamar “hogar” se alzaba en silencio en una calle de Guadalajara, adonde me había mudado desde Puebla para construir una vida con mi esposo.
Cuando crucé la reja de hierro ese día, el sol caía con fuerza sobre el patio de ladrillo rojo.
Pero dentro de mí… solo había frío.
Mi suegra, Doña Carmen Rivera, estaba de pie con los brazos cruzados, mirándome con satisfacción, como si por fin se hubiera deshecho de alguien a quien nunca aceptó.
A su lado, Lucía —mi cuñada— sonreía con esa expresión que siempre usaba cuando sabía que yo estaba sufriendo. “Vete ya,” murmuró. “Te quedaste demasiado tiempo.”
Mateo, mi exesposo, no salió a despedirse. Ni siquiera dijo adiós. Tal vez estaba dentro de la casa. O tal vez se había ido temprano para evitar este momento.
Pero ya no importaba.
No exigí nada. No discutí. No pedí explicaciones. No lloré. Solo llevaba la ropa puesta y un pequeño bolso.
Incliné ligeramente la cabeza. “Me voy.”
Nadie respondió.
Me di la vuelta hacia la reja.
Justo cuando la toqué, una voz me llamó.
“Valeria.”
Era mi suegro. Don Ernesto Rivera.
Durante cinco años, casi no habló conmigo. Siempre callado. Siempre distante. Sentado solo en el patio con su periódico o cuidando sus cactus, como si toda la tensión de la casa no tuviera nada que ver con él.
Me giré. Estaba junto al bote de basura, sosteniendo una bolsa negra.
“Si ya te vas,” dijo lentamente, “de paso tira esto por mí.”
Levantó ligeramente la bolsa. “Es basura.”
Me sorprendí un poco, pero asentí. “Claro.”
Tomé la bolsa. Era extrañamente ligera.