A continuación, bate ligeramente las dos yemas de huevo y añádelas a la mezcla, removiendo con energía para evitar que se cocinen de forma desigual. Incorpora también las dos cucharadas de maicena, asegurándote de que se disuelvan por completo. Si lo prefieres, puedes diluir la maicena previamente en un chorrito de leche fría para evitar grumos.
Lleva la cacerola a fuego medio y comienza a remover con una espátula o un batidor manual. La clave está en no dejar de mover, ya que la mezcla tiende a espesar rápidamente. Pasados unos minutos, notarás que la crema comienza a tomar consistencia, volviéndose más densa y suave. Cuando alcance la textura deseada—similar a una crema pastelera ligera—retírala del fuego y déjala reposar.
2. Elaboración de la crema de chocolate
La segunda preparación es una crema de chocolate rica, profunda y sedosa que aporta el contraste perfecto a la crema blanca. En una cacerola aparte, combina de nuevo la leche condensada, la nata y la leche. Añade la maicena y mezcla hasta que esté completamente disuelta.
Esta vez, incorpora también el cacao en polvo. Para evitar grumos o pequeñas bolitas de cacao sin integrar, es ideal tamizarlo antes de añadirlo a la cacerola. El cacao le dará a la crema un color oscuro y un sabor irresistible, así que asegúrate de distribuirlo bien.
Lleva la mezcla a fuego medio y remueve sin parar. A medida que la preparación se caliente, notarás cómo comienza a espesar y tomar un brillo delicioso. Cuando tenga una consistencia cremosa similar a la de la crema blanca, retírala del fuego y reserva.