Nadie se movió.
Al final del pasillo, un niño pequeño empezó a preguntarle a su madre cuándo servirían el pastel, y esa simple pregunta hizo que la escena fuera aún más cruel. Mauricio apretó la mandíbula. Había esperado que te derrumbaras en privado, que lloraras, que negociaras, o al menos que lo salvaras cuando llegaran los invitados. Lo que no esperaba era obediencia, sobre todo de este tipo, presentada como un regalo, delante de todos.
—Fue diferente —dijo secamente—. No malinterpretes mis palabras.
Casi te echaste a reír, porque sus palabras no necesitaban ser tergiversadas. Ya eran odiosas por naturaleza.
—No —respondiste—. En realidad fueron muy claros.
Un escalofrío recorrió la habitación. Una tía intercambió una mirada con la otra. Chucho se frotó la nuca. Su primo Mateo, que solía evitar las tensiones familiares como la peste, ahora te miraba fijamente, con interés en lugar de incomodidad. Podías sobrevivir a muchas absurdidades familiares mientras la situación permaneciera ambigua. La claridad era más difícil de aceptar.
Su madre se acercó a ti. "Aunque estés enfadada con él, no puedes humillar así a tu marido en su cumpleaños".
Sus palabras te calaron hondo, oscilando entre la culpa y la acusación, pero ya sentías casi paz. Estas últimas tres semanas habían calmado algo en tu interior. No era amor, porque él llevaba mucho tiempo profundamente herido. Era un reflejo protegerlo de las consecuencias de sus propias palabras.
"¿Te refieres a la forma en que me humilló en mi propia cocina?", preguntaste.