—Tú la mataste.
El hombre sonrió levemente.
—No directamente.
Un paso más dentro de la habitación.
—Pero sí… fue necesario.
El aire se volvió más pesado.
—¿Por qué?
—Porque sabía demasiado.
Emilia no lloró.
—¿Y ahora yo también?
El hombre inclinó la cabeza.
—Eso depende.
Silencio.
Pesado.
Lento.
—¿Qué recuerdas?
Emilia lo miró fijamente.
Y entonces dijo algo que cambió todo.
—Recuerdo tu voz… antes de que dispararas.
El hombre se quedó inmóvil.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
—Interesante.
Otro paso.
—Entonces… no puedo dejarte vivir.
Sacó el arma.
La levantó.
Apuntó.
Y en ese instante…
la puerta explotó.
Damián.
Entró disparando.
El hombre giró.
Dos disparos.
Uno de cada lado.
El vidrio estalló.
El viento irrumpió.
La lluvia entró como una furia contenida.
El hombre retrocedió.
Sonrió.
Y saltó.
Por la ventana.
Desapareciendo en la oscuridad.
Silencio.
Pesado.
Roto solo por la respiración agitada.
Damián bajó el arma.
Miró a Emilia.
—¿Estás bien?
La niña asintió.