Pero no sonrió.
—Va a volver.
Damián la observó unos segundos.
Y entonces comprendió.
Esto no había terminado.
Apenas comenzaba.
Pasaron los días.
La casa se convirtió en una fortaleza.
Pero el enemigo no atacó.
No directamente.
En cambio…
empezaron los mensajes.
Fotos.
Rutas.
Nombres.
Gente cercana.
Uno por uno.
Como si alguien estuviera recordándole a Damián…
que podía quitarle todo.
Una noche, Emilia entró al despacho sin tocar.
Damián levantó la vista.
—No puedes protegerlos a todos.
El hombre no respondió.
—Pero sí puedes elegir.
Silencio.
—¿Elegir qué?
Emilia se acercó.
Subió a la silla frente a él.
—A quién le debes más.
Las palabras golpearon.
Porque no venían de una niña.
Venían de algo más profundo.
Más antiguo.
—Tu mamá… —dijo Damián lentamente— …me salvó la vida.
Emilia lo miró fijamente.
—Entonces págala bien.
Silencio.
Y en ese momento…
Damián tomó una decisión.
No iba a esconderse.