No iba a reaccionar.
Iba a terminarlo.
La trampa se preparó en tres días.
Un lugar.
Un mensaje.
Una invitación.
Directa.
Personal.
Para el hombre del anillo.
La noche acordada, la lluvia volvió.
Como si todo tuviera que cerrarse igual que empezó.
Damián llegó primero.
Solo.
O eso parecía.
—Sabía que aceptarías —dijo la voz detrás de él.
El hombre del anillo emergió de la oscuridad.
Sonriendo.
—Siempre fuiste predecible.
Damián no se giró de inmediato.
—Y tú… siempre fuiste un traidor.
Silencio.
—¿La niña?
—Segura.
—Por ahora.
El hombre avanzó.
—¿Sabes por qué hice todo esto?
Damián finalmente lo miró.
—Porque creíste que podías reemplazarnos.
Una pausa.
—Pero la sangre… siempre vuelve.
El león dorado brilló bajo la luz.
—Y tú… rompiste el juramento.
Damián no respondió.
Solo levantó ligeramente la mano.
Señal.
Sombras emergieron.
Hombres armados.
Rodeando.
El hombre del anillo sonrió.
—Llegaste preparado.
—Siempre.
Silencio.
—Pero no lo suficiente.
Un disparo.
Uno solo.
Y todo se rompió.
Caos.
Fuego.
Gritos.
Movimiento.